Por D.A. Carson
Cuando me solicitaron escribir sobre un héroe de la fe de mi selección, empecé a revisar en mi mente algunos de mi gusto personal: Juan Crisostomo, Agustín, John Hus, Juan Calvino, William Perkins, George Whitefield, Andrew Murray, M’Cheyne, Adoniram Judson, la Condesa de Huntingdon, Charles Spurgeon, y muchos más. Luego revisé algunos candidatos de esa categoría del siglo veinte, algunos de ellos aún vivos, todos ellos extraordinarios: D. Martyn Lloyd-Jones, John R. W. Stott y bastantes otros. Luego pensé en algunos líderes Cristianos talentosos que he conocido alrededor del mundo, algunos de los cuales han sufrido en gran manera, mientras otros han ejercido ministerios magníficamente fructíferos, algunas veces bajo muy difíciles circunstancias. Luego reflexioné sobre los mártires Cristianos en Cambodia, en la gente Karen de Burma, pastores en Irán, aquellos quienes han sufrido y algunas veces muerto en Indonesia y al sur del Sudán, uno de los pocos que puedo nombrar. ¿En dónde debería comenzar? ¿Cómo podría escoger uno, cuando temperamentalmente nunca me he fijado en una persona (excepto Jesús), en un solo libro (excepto La Biblia), o únicamente en un movimiento?
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